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Síntomas de Músculos y
Articulaciones: el
síntoma muscular más importante en el SFC es la fatigabilidad. Después de un
esfuerzo físico comparativamente pequeño, el músculo responde con cansancio
desproporcionado (70) y con reducción en la potencia y en la resistencia (71)
(72) y pueden pasar entre uno y cinco días para recuperar su nivel inicial
(73). La sensación es de gran debilidad acompañada de "retraso" de
los músculos para responder a nuestros deseos (74) y, si el ejercicio fue
considerable (para nosotros), aparecen contracturas, rigidez y, por supuesto,
dolor (75) (76). También es frecuente que, después de ejercicio moderado, la
sensación sea de no poder "gobernar" efectivamente nuestros músculos
porque aparecen movimientos "torpes" (por lo incoordinados) y
dificultad en los movimientos finos (77). Por ejemplo, después de un rato de
estar escribiendo (a mano, por supuesto), nuestra caligrafía se nota cada vez
más distorsionada; sostener un libro durante unos minutos sin apoyo
probablemente desencadenará contractura dolorosa y sensación de debilidad
intensa (78) en las manos, las muñecas y los antebrazos e imposibilidad de
voltear una página; subir una escalera produce dolor, contractura y debilidad
especialmente en los muslos; bajar la escalera produce dolor, contractura y
debilidad en las caderas y los muslos y, algo tan sencillo como caminar en forma
continua no es tan sencillo para nosotros: perdemos fácilmente el equilibrio
(79), nos sentimos torpes (80) y, además, nos cansamos mucho más rápidamente
que nuestros acompañantes. Por estas razones, los sitios muy concurridos como
centros comerciales grandes o reuniones sociales con mucha gente no nos llaman
mucho la atención: un tropezón y, muy seguramente, o nos vamos al suelo o
parecemos embriagados. A pesar de los consejos que nos dan las personas con muy
buena voluntad, varios estudios han mostrado que la debilidad y la fatigabilidad
característicos de nuestros músculos no se deben a desacondicionamiento
físico producido por inactividad (73) (81) ni a falta de motivación o esfuerzo
(82).
El otro síntoma importante que compromete músculos y
articulaciones en el SFC es el dolor: para algunos pacientes el dolor no es
un síntoma preponderante porque solamente aparece cuando están en crisis o
porque su intensidad es fácilmente controlable con medicamentos
analgésicos o antiinflamatorios pero, para otros pacientes (entre los
cuales me incluyo), el dolor sí constituye una parte muy importante de la
enfermedad (83). Para nosotros, cualquier parte del cuerpo es susceptible de
presentar dolor: los músculos, los tendones y sus zonas de inserción, las
articulaciones, las uniones de las costillas con el esternón, etc. El dolor
puede ser difuso, localizado, generalizado o limitado a una zona específica
del cuerpo; puede ser un acompañante constante de las crisis o presentarse
de forma independiente; puede ser de tipo contractura, calambre, punzada,
rigidez, o simplemente "dolor" y puede aumentar con algunos
movimientos o disminuir con algunas posiciones (84). Nuestros músculos son
particularmente sensibles a golpes y presiones: los brazos o las piernas
apoyados en superficies duras o los saludos afectuosos de los amigos que
presionan los brazos o los antebrazos, los efusivos abrazos
"colgados" de los niños o los "golpecitos" con que
algunas personas refuerzan sus chistes, son algunas de las cosas que nos
pueden llegar a causar terror cuando tenemos dolor, a pesar de que,
aparentemente, los pacientes con SFC tenemos una mayor tolerancia al dolor
(85).
La descripción del dolor, especialmente cuando es más
severo, puede ser difícil y llevar a expresiones tan extrañas como
"me duele la rodilla como si me estuvieran arrancando la rótula"
o "me duele respirar, me duelen las costillas y el esternón" o
"tengo frenada la cadera, se me pegó la cabeza del fémur" o
"me pasó una aplanadora por encima". Si estas descripciones las
hago yo, que soy médica, ¿se imaginan a los pacientes no médicos tratando
de hacerse entender? ¿se imaginan la cara de escepticismo del pobre médico
y lo que piensa cuando oye esto, al tiempo que no encuentra grandes signos
externos de inflamación (1)? ("¡¡Miércoles!! Hay que llamar al
psiquiatra ¡¡pero ya!!). La imagen que viene a mi mente cuando estoy en
una crisis con contractura severa es la de la tortura del potro, tan popular
en las épocas de la Inquisición: todos los músculos contracturados pero
todos los tendones sobreextendidos (clarísimo, no?). Hay dolores aún más
complicados de explicar: "me duele el periné", que significa que
no parece que duela ni la vagina, ni la vejiga, ni el recto, pero que el
dolor sí está.
Otro tipo de dolor, que generalmente acompaña a los ya
descritos, es de tipo ardor (como de quemadura), localizado en la piel, más
marcado sobre las zonas dolorosas (sobretodo en las zonas de inserción
tendinosa) y sin relación con rozaduras ni aparición de rash. En ocasiones
este "ardor" se generaliza en forma similar al descrito por
pacientes que tienen una fiebre intensa y, al rozar con algo la piel o el
cuero cabelludo, produce una sensación muy intensa y desagradable de
"erizamiento" y contractura generalizada (la imagen es como la de
un gato en posición de defensa, teniendo en cuenta que no me gustan los
gatos).
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3. Síntomas
Neurosensoriales:
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Oculares y
visuales: la fotofobia (hipersensibilidad a la luz) es un
síntoma muy frecuente y, aparentemente, se debe a que nuestra pupila (al
igual que el resto de nuestros músculos) no responde rápidamente o responde
mal al reflejo que, normalmente, contrae la pupila para regular la cantidad de
luz que debe entrar a los ojos (86); pero el síntoma más molesto es la
visión borrosa porque puede llegar a ser una gran limitación: en medio de
una crisis, es frecuente que ver televisión o leer se conviertan en una gran
hazaña porque nuestros ojos son incapaces de "enfocar"
adecuadamente. A mí me encanta leer y ya aprendí que, fijando la mirada en
la página, después de esperar un poco ya puedo enfocar mejor; pero si
alguien llega y tengo que levantar la mirada para ver su cara, lo único que
logro durante un rato es ni poder seguir leyendo ni ver la expresión de la
cara de la persona que llegó. Cada movimiento de los ojos, sobretodo cuando
la crisis tiene mayor componente de fatiga que de dolor, requiere de esperar
un ratico para poder volver a enfocar. Es difícil explicarle
coherentemente al oftalmólogo que "a veces veo como si estuviera dentro
de una piscina" y terminé resignándome porque ya entendí que, en
realidad, no es mucha la ayuda que para este síntoma tan molesto se puede
conseguir (87). Cuando la fatiga en los músculos oculares llega a ser muy
pronunciada, puede suceder (aunque afortunadamente no es muy frecuente) que se
llegue a presentar diplopía (visión doble) o que, al tratar de seguir
objetos que se están moviendo rápido, nos aparezca malestar, náusea y
oscurecimiento pasajero de la visión (88). Además, también tenemos una
pérdida en la percepción de profundidad (89) que, inevitablemente, aumenta
nuestra sensación de "torpeza" por los pequeños o grandes
desastres que ocasionamos a nuestro paso: vasos volcados y tapetes manchados,
"pirámides" de cosas en los supermercados derribadas, etc. Otro
síntoma bastante molesto es la resequedad en la mucosa ocular, cuerpo
extraño" y, de nuevo, intolerancia a la luz (90). Es muy fácil, como me
sucedió al principio de la enfermedad, confundir la resequedad y las
molestias que esta trae (incluyendo el que puede llegar a producir dolor, y la
sensación consecuente de "enrojecimiento) con una conjuntivitis y tratar
de manejarla como tal hasta que el oftalmólogo dice muy enérgicamente
"los medicamentos en los ojos no son tan inocuos como la gente piensa,
pueden traer consecuencias serias". Y lo peor es que tiene razón: cuando
la resequedad es muy intensa y muy frecuente, el oftalmólogo debe investigar
la presencia de otro tipo de enfermedades (91).
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Auditivos: los tinnitus (pitidos, zumbidos, murmullos) no son infrecuentes y
aparece, además, una nueva sensibilidad a ciertos sonidos y algo que podría
definirse como hiperacusia: el volumen alto, cuando estoy en crisis, me parece
insoportable (83). No es rara la sensación de "oídos tapados" que
me recuerda la obstrucción de las Trompas de Eustaquio y que se puede
acompañar de dolor en el oído de tipo punzada o de tipo presión. Nariz,
boca y garganta: los síntomas nasales son frecuentes y van desde episodios de
resequedad en la mucosa que, cuando se prolongan, pueden ocasionar lesiones y
pequeñas hemorragias, hasta congestión severa que se puede equiparar a
rinitis (92) y puede ser difícil de manejar. Por otro lado, ocasionalmente se
presentan distorsiones en el olfato: hipersensibilidad a ciertos olores y
"olores fantasmas" (93) (que, en mi caso, son olores a gasolina,
gas, solventes y cosas por el estilo) muy desagradables, que usualmente no
comentamos por aquello de las alucinaciones (después de la primera consulta
empezamos a cuidar un poquito nuestras descripciones porque ¡¡qué miedo la
clínica psiquiátrica!!). En la boca, la sensación de resequedad es muy
frecuente y el gusto se altera con un sabor metálico muy desagradable y, en
ocasiones, con distorsión en los sabores de la comida. Al parecer, el
mecanismo de la deglución se altera en alguna medida porque aumenta,
sobretodo en crisis, la frecuencia de pequeñas broncoaspiraciones, así sean
solo de saliva (que yo describo como "se me fue por el camino
viejo"). La masticación también se altera por cansancio y dolor en los
músculos maseteros (52), por lo cual la comida, por lo menos para mí, se
reduce durante las crisis a "dieta blanda" (lástima los churrascos
que me he perdido). Los dolores en la garganta son constantes
pero leves aunque su intensidad aumenta, curiosamente, después de ejercicio
fuerte y al inicio de las crisis y, a veces, producen disfagia (dificultad al
tragar).
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Otros: son frecuentes las parestesias (entumecimiento,
"hormigueo", ardor, hipersensibilidad) en la cara y en las
extremidades (94) (a mí me aumentan al inicio de las crisis), así como las
fasciculaciones ("temblores" en los músculos) y un temblor fino en
las manos. Ocasionalmente hay disminución en la sensibilidad local al frío y
al calor, dificultad para mantener el equilibrio (79) (80) y mareos (95) que,
en algunos pacientes, puede progresar a vértigo severo. Otro síntoma muy
aburridor es la "apagada de luz" que se presenta de forma súbita y
que parece estar relacionado con hipotensión ortostática (96). Una cosa que
siempre me ha llamado la atención es la fácil aparición de hematomas (52),
a veces sin causa aparente, y la facilidad con la que cualquier lesión
superficial se me infecta o cualquier infección insignificante se me complica
(97) y la cicatrización se demora. También me parece curiosa la aparición
episódica de resequedad en la piel de todo el cuerpo pero especialmente en la
cara, las manos y los pies ("fase reseca" la llamo yo) y, por
último, algo que me produce mucho temor es la aparición de herpes: una sola
ampollita, por pequeña que sea, me desencadena una crisis severa del SFC.
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4- Síntomas
Neuropsicológicos:
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Alteraciones
cognitivas: son los síntomas del SFC que más nos afectan porque nos
hacen sentir muy limitados intelectualmente (yo, a veces, hasta idiota me
siento) y porque, desafortunadamente, somos muy concientes de estas
limitaciones. La mayor dificultad (yo diría que es el meollo del asunto) es
la memoria: por la memoria es que podemos aprender, podemos reaccionar
adecuadamente a los estímulos internos y externos, podemos relacionarnos en
forma "normal", etc, etc, etc. La memoria es el resultado de
recibir, procesar, comparar y almacenar la información que recibimos de
nuestro propio cuerpo y de lo que nos rodea; por lo tanto, para tener memoria,
necesitamos tener capacidad de atención, de concentración, de procesamiento
de la información y, por último, capacidad para almacenar o
"fijar" la información. Pero todo el proceso para la memoria, en
nosotros, está alterado (98) (99) y no es posible culpar de esta alteración
a la depresión (100) (101) que, en mayor o menor grado y en forma continua o
en episodios, acompaña a cualquier enfermedad crónica. Además, entre mayor
sea la alteración, menor es nuestra capacidad para funcionar adecuadamente
(102), y resulta que esta alteración aumenta en nosotros después de
ejercicio más o menos fuerte y especialmente durante las crisis (37) (60)
(64). Es por esto que "nos negamos" a funcionar para nada cuando la
fatiga es extrema.
Pero veamos en qué se traduce
todo lo anterior (103) (104) en nosotros (teniendo en cuenta, otra vez,
que depende de la severidad del SFC y de si estamos en crisis o en período
"intercrítico"):
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Leer ya no es algo tan simple como antes, mucho menos si
queremos aprender: como tenemos capacidad disminuida en la atención (105) y
en la concentración, cualquier estímulo hace que "perdamos el
hilo" de lo que estamos leyendo o, lo que es peor, sigamos leyendo pero
sin "captar" su significado; es decir, no procesamos la información
que nos está llegando por los ojos. Conclusión: no nos sirvió de nada leer.
Antes del inicio del SFC, para mí, la música o el radio eran mis
acompañantes normales mientras leía; ahora, generalmente, tengo que
suprimirlos porque no me permiten la concentración. Si estoy leyendo y suena
el teléfono, cuando vuelvo a leer tengo que reiniciar el párrafo y, en
ocasiones, tengo que devolverme mucho más atrás para "volver a
coger" la idea. Leer el periódico o una novela es divertido porque no
necesito aprender de lo que estoy leyendo (no me pregunten, eso sí, qué dijo
exactamente alguien en el periódico o en la novela, solo cositas generales),
pero leer libros o artículos médicos o psiquiátricos ya es otra cosa: el
esfuerzo mental es mucho mayor, tanto que, en ocasiones, lo dejo para otro
día porque no me siento capaz de entender lo que estoy leyendo (la
frustración me aumenta la confusión).
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Aprender (o comprender, simplemente) oyendo, todavía es
más difícil: el proceso de comprensión y aprendizaje por audición está,
en nosotros, más afectado aún que el proceso de comprensión y aprendizaje
por visión (106) (107) (si no vemos, nos queda más difícil
"fijar" algo en la memoria). Por esto es que, por lo menos a mí,
las explicaciones verbales de cualquier cosa ligeramente larga o ligeramente
complicada, me dejan "en las nubes" (me podrán explicar mil veces
cómo funciona y cómo se maneja un "programita muy sencillo" del
computador pero, si no lo veo escrito en la pantalla paso a paso, siempre
seré incapaz de usarlo). Por esto también es que, una razón que me den por
teléfono para explicársela a otra persona, siempre será (a no ser que la
haya alcanzado a escribir) una confusa mezcla de palabras o, algunas veces,
solo será "te llamaron por teléfono".
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Como nuestra atención está alterada, es muy fácil que
perdamos la concentración con cualquier estímulo, por pequeño que sea. Por
esto, la vida diaria se nos complica y suceden cosas como las que me han
pasado a mí: poner los platos en la basura y las sobras en el lavaplatos;
salir de la alcoba, llegar a la sala.... y no recordar ni para donde iba ni a
qué; encontrar las tostadas en la nevera y la leche en la despensa; si no
digo ya lo que estoy pensando, a los tres segundos no
puedo recordarlo ni aunque me ofrezcan una estrella; si me dan ganas de
tomarme un café y voy a la cocina a calentarlo en el microondas, al abrirlo
me encuentro con un café (helado y horrible, por supuesto) que puse a
calentar cuando me dieron ganas, dos horas antes.
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Siguiendo con la concentración, los cálculos
matemáticos sencillos, que anteriormente manejábamos como la cosa más
natural del mundo (cuadrar una chequera, ir calculando el costo de la compra
en el supermercado, etc.), se convierten en complicadísimos problemas de
física cuántica; teléfonos y direcciones que manejamos muy frecuentemente,
de repente (y exactamente cuando los necesitamos) desaparecen de nuestra
memoria; palabras y definiciones, que siempre han sido parte de nuestro
vocabulario, se vuelven difíciles de recordar y de pronunciar y, lo que es
peor, de pronto las reemplazamos por otras que no tienen ninguna relación con
el contexto de lo que estamos tratando de expresar: televisor por computador,
algodón por tampón, ascensor por camión (suena muy chistoso, pero no
"se siente" muy chistoso cuando vemos la cara de desconcierto o de
burla de la gente, ni cuando caemos en cuenta del error).
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Con la alteración de la
memoria nuestra vida de relación también se puede ver afectada: la
vergüenza es inevitable cuando no recordamos el nombre (sobre todo si estamos
frente a frente) de alguien cercano a nosotros (tío, primo, amigo, etc), o
cuando interrumpimos una frase en la mitad porque se nos borra lo que
queríamos decir, o cuando no somos capaces de seguir con una interesante
conversación porque no logramos registrar una parte de lo que la otra persona
estaba diciendo (ni hablar si hay ruido). Si a mí, en este momento, me tocara
hacer una exposición verbal sobre cualquier tema, lo más probable es que me
escondiera en el rincón más alejado posible (aún sabiendo que conozco el
tema a la perfección) porque estoy absolutamente conciente de que no soy
capaz de hablar de un solo tirón sin cometer errores de pronunciación, sin
trastocar las palabras y sin que, repentinamente, pierda la secuencia correcta
de lo que tengo que explicar. Además, la asociación normal de las palabras
también está alterada y nos demoramos más de la cuenta en volver a formar
una frase adecuada que nos permita corregir a tiempo el error (entre más lo
pienso, más idiota me siento). Si pudiera, sobre todo cuando estoy en crisis,
me expresaría siempre por escrito, porque lo escrito se puede tachar y
corregir sin grandes consecuencias y, además, se puede pensar con más
tranquilidad.
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Cefaleas:
en el SFC las cefaleas (dolores de cabeza) son muy frecuentes pero su
intensidad y forma de presentación son variables. Al inicio de la enfermedad
puede aparecer (o aumentar en intensidad o frecuencia, si ya estaba presente)
una cefalea de tipo migrañoso (cefalea muy intensa, que casi siempre se
presenta con fotofobia, lagrimeo y dolor detrás de los ojos), acompañada de
nausea y vómito. La cefalea más frecuente es de menor intensidad que la
migrañosa y es global, con sensación de presión y embotamiento. Menos
intensa, y menos frecuente, es la cefalea con sensación de presión pero
limitada a una zona "rodeando la cabeza como una banda de las que usan
los atletas para que el sudor no les caiga a los ojos". Cuando la
contractura de los músculos del cuello es severa, se presenta una cefalea
intensa localizada en la zona occipital (la parte posterior de la cabeza). En
ocasiones, cuando tengo una crisis severa con grandes contracturas musculares,
me aparece dolor en todo el cuero cabelludo; es una sensación muy curiosa
poder constatar que sí tengo músculos en el cuero cabelludo y que se
contraen y duelen.
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Alteraciones
del sueño: para nosotros, pacientes del SFC, lograr un sueño
"normal" es difícil: talvez logremos dormir suficiente tiempo pero,
generalmente, el sueño no es reparador (108). La dificultad para conciliar el
sueño es muy frecuente y, como es muy superficial, se interrumpe con mucha
facilidad (109). Durante las crisis la dificultad para conciliar el sueño es
mayor, a pesar (o a causa, digo yo) de la gran sensación de fatiga, y las
pesadillas aparecen con mas frecuencia de lo normal. Después de una
"nochecita de estas", la sensación al despertar es de no haber
descansado absolutamente nada, es más, "me siento más cansada que antes
de dormir" (110). También tenemos episodios de hipersomnia o
"ataques de sueño", muy frecuentes cuando estamos en crisis de gran
debilidad muscular, aunque tampoco producen el descanso que necesitamos. Un
acompañante del sueño, especialmente durante las crisis, es la sudoración
excesiva. La otra alteración es la del horario del sueño (111): nosotros
tenemos más energía y estamos más alerta cuando el resto del mundo está ya
profundamente dormido. Parecemos búhos. Por eso el logotipo que le puse a mi
página: el buhito estudiante.
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Cambios
emocionales: los pacientes del SFC tenemos una
notoria labilidad emocional, muy relacionada con la variación que
continuamente se presenta en nuestros síntomas. Con mucha facilidad pasamos
de la tranquilidad a una gran irritabilidad o a estados de intensa ansiedad y
sensación de inseguridad que puede llegar hasta el pánico (112). La
drástica disminución en la calidad de vida (33) (34) (113) (114) (115),
representada en las alteraciones cognitivas, en la pérdida parcial o total de
la independencia, en no poder tener control sobre la aparición o la
intensidad de los síntomas y el no saber "qué nos depara el
destino" nos llevan a sentimientos de dolor, ira, autocompasión,
aislamiento, desesperanza y desesperación que, si no son manejados a tiempo,
pueden llegar a configurar un cuadro depresivo severo (116) (incluyendo, en
ocasiones, la ideación suicida). Tenemos mucha dificultad en relación con
nuestros cambios emocionales en el SFC: cuando un médico oye nuestras quejas
y no encuentra, cuando nos examina, grandes cambios que se relacionen con
ellas y, además, se percata de nuestra ansiedad y nuestra tristeza,
inmediatamente (en la mayoría de los casos) asume que somos pacientes
psiquiátricos (117) (118). Y no me refiero a que no necesitemos ayuda
psiquiátrica. Al contrario, nos beneficia mucho. Lo que preocupa es que, al
remitirnos al psiquiatra sin más ni más, lo que nosotros entendemos es que
el médico está minimizando nuestros síntomas o que cree que los estamos
inventando, con lo cual aumenta inmediatamente nuestro desconcierto y nuestra
ansiedad. Nos sentimos solos, abandonados y, además, impotentes porque
nuestros síntomas, con psiquiatra o sin él (119), continúan y, de todos
modos, a no ser que tuviéramos síntomas psiquiátricos previos (que se
pueden agudizar con el SFC) (120), el psiquiatra maneja la parte que le
corresponde y nos devuelve al médico que nos remitió. En realidad, nosotros
tenemos el mismo promedio de síntomas psiquiátricos, antes de la aparición
del SFC, que la población general (42) (121). Lo que pasa es que el SFC, como
cualquier otra enfermedad crónica, trae consigo una gran tendencia a la
depresión. Pero, en nosotros, la depresión es menor que en otras
enfermedades crónicas (58) (116) (117) (122) y nuestros síntomas físicos no
son consecuencia directa de la depresión ni de otras enfermedades psiquiátricas
(123) (124). Además, el proceso psicopatológico de la depresión en el SFC
es diferente al de la depresión primaria (125). Lo que sucede con nosotros,
en relación a la mayoría de nuestros cambios emocionales, es que no nos es
posible evitar la frustración y el miedo ante la repetición de las crisis de
una enfermedad que apareció súbitamente y que, además de severa e
incapacitante, es misteriosa, impredecible y, aparentemente, interminable y
difícilmente manejable. Con frecuencia, la sensación de impotencia y de
indefensión puede hacernos particularmente sensibles al abandono o a los
signos de abandono. La autoestima deteriorada (con una gran sensación de
inutilidad) por el dolor y la enfermedad, sumada a la rabia derivada de la
misma, nos lleva en ocasiones a percibir al mundo y a la vida como un conjunto
de cosas, eventos y personas que existen y suceden con el único fin de
obstaculizarnos y causarnos daño. Y... ¡claro! ¡La mejor defensa es el
ataque! Por eso siempre estamos con las armas en la mano o, por lo menos, a
nuestro alcance: no es que el SFC sea, para el resto de la gente, difícil de
comprender, es que "no me quieren y no les importo"; no es que, a
veces, busquemos ratos de soledad, es que "no les gusta
acompañarme"; no es que estemos tristes, es que "me están tratando
mal"; no es que nuestros síntomas estén aumentando, es que "este
clima es una porquería"; no es que estemos inseguros con tanta gente
alrededor, es que "este centro comercial es muy pequeño"; no es que
nos produzcan temor las reuniones sociales, es que "me da pereza
ir". De ahí que, en ocasiones, reaccionemos exageradamente (con pataleta
o berrinche) ante cualquier cosa que signifique, para nosotros, peligro (de
abandono, de dolor físico o mental, de más limitación, etc.) o nos
aislemos, tratando de construirnos una coraza que nos proteja, otra vez, del
peligro. Por esto, repito, el apoyo psiquiátrico nos cae como anillo al dedo
porque, si alguien no nos ayuda a mirar con claridad lo que nos está pasando,
llegaremos al punto de exponernos a perder exactamente lo que más necesitamos
conservar: la pareja, la familia, los amigos, la confianza en nosotros mismos
y en el mundo que nos rodea. Pero el psiquiatra no puede manejar nuestra
enfermedad él solo; también necesitamos un médico que nos haga sentir
seguros de que nuestra enfermedad sí es tenida en cuenta y que, especialmente
durante nuestras crisis, tenemos alguien que nos la ayude a manejar.
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5. Otros
síntomas:
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Cardiovasculares: en algunos pacientes del SFC se presenta disnea
(cortedad en la respiración) de
pequeños y medianos esfuerzos que ha llevado a pensar en una alteración del
músculo cardíaco (126). Con frecuencia, especialmente durante las crisis,
presentamos hipotensión ortostática exagerada con taquicardia (mareo con
“oscurecimiento súbito” y
palpitaciones cuando cambiamos súbitamente de posición: de acostado a
sentado, de sentado a parado, inclusive cuando nos volteamos al estar
acostados) (127) (128) (129). Algunos estudios muestran que hasta un 93% de los
pacientes del SFC presentamos este tipo de hipotensión (130) y que se
relaciona más estrechamente con la severidad de nuestros síntomas que con su
duración (131). La presión arterial sistólica en nosotros es
consistentemente más baja durante la noche (132). En ocasiones se presenta un
dolor tipo presión, vago, sordo, localizado en la región anterior izquierda
del tórax (precordial), que aumenta la sensación de fatiga y que no se
relaciona con el ejercicio (133). En los niños y en los adolescentes, los
estudios muestran que el SFC está muy relacionado con la intolerancia ortostática
(134) (135).
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Respiratorio: al parecer, existe una relación cercana
entre los síntomas del SFC y las infecciones de senos paranasales y de vías
respiratorias, que son frecuentes entre nosotros (136). Por otro lado, todos
los parámetros que miden la función pulmonar están disminuidos en el SFC
(137) (138), lo cual contribuiría a nuestra "cortedad" en la
respiración y a la sensación de "me falta el aire".
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Alergias: Según algunos estudios, la mayoría de los pacientes del SFC
presentamos alergias (139) (44) y tenemos, además, antecedentes previos de
rinitis alérgica y de asma (43) que, generalmente, se agudizan con la
enfermedad. Los síntomas de rinitis alérgica son más frecuentes entre
nosotros que entre la población "sana" (140), aunque el 46% de los
pacientes presentamos rinitis no alérgica (141). Aparentemente, todos los
pacientes del SFC presentamos algún tipo de reacciones de hipersensibilidad
retardada en las pruebas con antígenos (142) y el 36% de nosotros hacemos
dermatitis de contacto con el níquel (143). Otro estudio concluye que, en un
grupo genéticamente predispuesto, la intolerancia a ciertos alimentos causa
los síntomas del SFC (144).
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Gastrointestinales: en el SFC, los síntomas gastrointestinales más
frecuentes son el estreñimiento que se alterna con diarreas, el aumento en la
producción de gas intestinal, dolor abdominal tipo distensión o tipo cólico
e intolerancia nueva o aumentada a ciertos alimentos, que puede semejar o, en
algunas ocasiones, constituír el Sindrome de Colon Irritable (43). Otro
síntoma frecuente es la nausea que, junto con la anorexia, se está
proponiendo que se incluya como criterio menor de definición del SFC (145).
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Genitourinarios: entre las pacientes con SFC se ha encontrado una mayor
irregularidad en sus ciclos menstruales, mayor frecuencia de sangrado entre
los períodos y mayor frecuencia de quistes ováricos (146). Aparecen
síntomas del sindrome premenstrual o se intensifican si ya existían (147) y,
generalmente, el inicio de la menstruación coincide con un aumento en mayor o
menor grado de los síntomas del SFC. La frecuencia urinaria se aumenta y, en
ocasiones, se acompaña de dolor (cistitis) (141). Algo que me parece curioso
es que, durante algunas de mis crisis, tengo dolor al inicio de la micción,
como una contractura dolorosa, y en seguida la micción se me lentifica; es
como si la vejiga se negara a contraerse más y la orina saliera solamente por
la fuerza de la gravedad. Esta "lentificación" concuerda con
algunas descripciones de "disociación entre la mente y el esfínter
vesical".
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